11098
Eli TEATRO
COLECCIÓN DE OBRAS DRAMÁTICAS Y LÍRICAS,
EL
ÚLTIMO CAPÍTULO,
JUGUETE CÓMICO EN ÜH ACTO Y EX VERSO,
x POR
DON RICARDO GUIJARRO.
MADRID:
OFICINAS, PEZ, 40, 2.°
1872.
s2
ADICIÓN AL CATALOGO DE 1.° DE JULIO DE 1871.
EL TEATBO.
TÍTULOS.
Frop. que
Utos, corresponde
TÍTULOS.
Prop. ql
Actos, cotrespom
A tal amo tal criado 1 Todo.
Al que se hace de miel i Id.
D. Ramón de la Cruz i I i.
El amor y la astucia 1 Id.
El barómetro i Id.
Entre el nieto y el abuelo. . . 1 Id.
La firmeza de un gallego ó las
últimas elecciones 1 Id.
La pet ica i Id .
La verdadera nobleza { Id.
La astucia de un andaluz. . . 1 id.
Nubes i Id.
Pobres y ricos 1 Id.
Receta para casarse i Id.
Un hombre comprometido.. . i Id.
Un momento de locura 1 Id
Una perra y un gato i Id.
Amor, honor y poder 3 Id.
El testamento de Acuña. ... 3 Id.
La astucia de un asistente. . 3 Id.
Lá mosca blanca. 3 Id.
Los secuestradores de Anda-
lucía
Los dulces de la boda
Los niños grandes
Odio y amor
C de L. (Zarzuela.)
Cuatro demonios y un cabo. .
Chamusquina ó la Hija del
petróloo {
¡¡¡Palomo!!! 1
Tamberlik, Mario y Latorre. . I
Un sevillano en la Habana. . i
=Tocar el violón \
El marino 2
= ¡E1 Teatro en 1876!! 2
Los dragones ?.
Justos por pecadores 3
Un lio entre dos castaños.. .
3 Id.
3 Id.
3 Id.
3 Id.
1 L. y M.
\ Id.
Libro.
L.yM
Id. Id.
Id. Id.
Libro.
L.yM.
Libro
L.yM.
L.yM
Todo.
La feria de las mujeres,
La escala de la ambición. . . .
El Caballero de Gracia
rPerla. (Zarzuela.)
La peluca de mi mujer
La fuerza de la conciencia. . .
Un empréstito forzoso
Agustina la cantinera
La Virgen del Amparo
Tres al saco
Los pastores de Belén, (ópera.)
Amor y caridad
Amor paternal
La tarde de Noche-buena... .
La caja de Pandora
Los zapatos de baile
Intriga y amor
El miedo guarda la viña. . . .
El justo medio
La Rubia
Obrar bien, que Dios es Dios.
Batalla de Ninfas
El prisionero cristiano,
Un bello ideal
Llegó la hora!!
El nacimiento del Mesías... .
El primer dia feliz
Alma por almqp ...
Patria
Nicolás Rienzi
El novio de su mujer
La mujer compuesta
El Redentor del mundo
La venida del Mesías
Un Milord de Ciempozuelos..
La leyenda del diablo
La suegra
Violetas y girasoles
El último capttuio
3
3
3
1 Libro.
i
Todo.
3
Id.
1
Id.
1
Id
2
Id.
1
Id.
3
L. yM
1
Todo.
3
Id.
3
Id.
3
Id.
1
Id.
4
Id.
3
Id.
Id.
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Id. ,
2
Id.-
4
Id.
1
Id.
1
Id.
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Id.
4
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Músic
i
Todo.
1
Id.
3
Id.
3
Id.
3
Id.
3
Músic
\
Libro
i
Id.
4
Id.
\
Id.
3
Id.
\
Id.
Han vuelto á estas galerías las obras del Sr. Boldun, que durante un cort
tiempo ha administrado El Proscenio, y por lo tanto nuestros comisionado
se encargarán nuevamente del cobro de sus derechos.
EL ULTIMO CAPÍTULO.
JUGUETE CÓMICO
EN UN ACTO Y EN VERSO ,
POR
DON RICARDO GUIJARRO.
Estrenado en el Teatro del Circo la noche del 18 de Abril
de 1872, en el beneficio de la Srta. Doña Clotilde T,nml>ía.
MADRID.
IMPREIVTA DE JOSÉ RODRÍGUEZ, CALVARIO, 18.
1872.
PKKSONAJES. ACTORES.
EMILIA Srta. Doña Clotilde Lombía.
LUIS Don Juan Casañer.
La idea de esta obra está basada en uu proverbio
janees.
Esta obra es propiedad de su autor, y nadie podrá, sin su
permiso, reimprimirla ni representarla en España, ni en sus
posesiones de Ultramar, ni en los paises con los cuales haya
celebrados ó se celebren en adelante tratados internacionales de
propiedad literaria.
El autor se reserva el derecho de traducción.
Los comisionados de las Galerías Dramáticas y Líricas de los
Sres. GULLO.N é HIDALGO, son los exclusivamente encargados
del cobro de los derechos de representación y de la venta de
ejemplares.
Queda hecho el depósito que marca la ley.
AL DISTINGUIDO ACTOR
DON JUAN GASAÑER-
Tiempo ha que ofrecí dedicar á usted este
juguete. Hoy satisfago mi deuda, y esta es la
>n?n£<r¿L vez en mi vida que he pagado con gusto á un
acreedor.
Ningún mérito tiene El último capítulo, pe-
ro le miro con cariño porque ha sido patroci-
nado por dos actores queridísimos del público:
Clotilde Lombía y usted.
Ustedes dos han sabido bordarle con mil pri-
mores y detalles dignos de su talento.
No aprecie usted mi pobre trabajo en lo poco
que vale; mírelo tan sólo como prueba del
aprecio y de la amistad que le profesa
Hl'cvitc'c» (xiiuatAO
668604
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in 2012 with funding from
University of North Carolina at Chapel Hil
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ACTO ÚNICO.
Salón elegante y rico: aparecen Emilia y Luis, sentado» el
uno frente al otro, junto á una chimenea: momentos de si-
lencio.
ESCENA PRIMERA.
LUIS v EMILIA.
Luis.
¿Llamabas?
Emilia.
¿Yo? no.
Luis.
Oeia... (Pausa.)
¿Qué quieres?
Emilia.
¿Otra vez?
Luis.
¡Bah!...
Sé franca; estás de seguro
estallando por hablar:
entendámonos... ser muda
y mujer, se aviene ma!.
¿Te fastidias?
Emilia
Mortal m^nte.
Luis.
Mil gracias por la bondad:
eso es decir que te aburro.
4ÍMILIA.
Ps...
Luis.
Respóndeme.
Emilia-
Quizá.
Luis.
(Hiciendo un movimiento de inquietud.)
— «s
Vaya unas sillas incómodas.
Emilia. Allí tienes el diván.
Luis. Estoy mejor á tu lado.
Emilia. ¡Qué amable y qué fino estás!
Luis. ¿Á que no sabes en qué
me ocupo dos años há?
Emilia. Si no lo dices...
Luis. Pues oye:
el lazo matrimonial
hace hoy dos años cabales
que nos une en santa paz:
he invertido estos dos años. . .
Te voy á inmortalizar,
de seguro... En escribir
un libro piramidal,
obra práctica y doméstica,
cuyo título será:
«Mi mujer...» ó sea: Tratado
de ternura conyugal.
No me has hecho gracia.
Vamos
á cuentas, cara mitad:
¿por qué estás triste?
Por nada.
Apelo á tu tribunal.
Sé franca.
Si no estoy triste.
Emilia, eso no es verdad.
Juzga, condena, ó perdona,
que bien puedes perdonar
á un marido como yo,
que soy bueno, si los hay.
(Saca la petaca y trata de en
¿Me permites?
Emilia. No.
LüLS. (Guardando el cigarro.) MÍ espOSa
tiene una amabilidad!...
Emilia. Gracias.
Luis. No me das ni un s olo
derecho individual.
Todos los maridos fuman,
y yo no puedo fumar
Emilia.
Luis.
Emilia.
Luis.
Emilia.
Luis.
ír un cigarro.
Emilia.
¿Dónde?
Luis.
En el gabinete
de mi preciosa mitad;
de mi Cielo... (Se levanta.)
Emilia,
(Ofendida.) Á decir ibas,
en mi casa.
Luis.
¿Yo? No tal.
Emilia.
Sí ya sé que soy tu esposa,
y que no hay más voluntad
en la casa, que la tuya;
y que la debo acatar,
y que eres dueño absoluto,
y que mandas...
Luis.
(Asombrado.) ¿Y qué más:?
¿te he dicho yo alguna vez?
Emilia.
Pero lo piensas...
Luis.
¡Já!já!
Emilia.
Vamos, me matas con esos
alardes de autoridad.
Luis.
¡Já!¡já! ¡já!...
Emilia.
Rie, tirano.
Luis.
¿Tirano?... Eres celestial.
Emilia.
Hablo de veras.
Luis.
¿De veras?
Emilia.
Con toda formalidad.
Luis.
¡Oiga!
Emilia.
Y es cosa terrible
ser esclava, y soportar
tus celos, y tus...
Luis.
¡Muchacha!
¿Tuve yo celos jamás?
Emilia.
Es verdad... no eres celoso...
Luis.
¿Y te ofendes?
Emilia.
Claro está.
Luis.
¡Pero chica!...
Emilia.
Estos Adouis
se llegan á imaginar,
que en pos de sus atractivos
las pobres mujeres van,
y creen que todo lo absorbe
su mérito personal.
- 10 —
Di: ¿tan poco valgo yo,
tan exigua es mi beldad,
que no empaña ni una sombra
tu confianza?
Luis.
Jamás.
Emilia.
¿Y nunca recelas?
Luis.
Nunca.
Emilia.
Es mucha seguridad, (pausa.)
(Reclina la cabeza sobre el respaldo de la silla,
y
entorna los ojos.)
¡¡Qué aburrimiento!' .
Lus.
Inventemos
cualquiera distracción.
Emilia.
¿Cuál?
Luis.
Hagamos algo .. Ese tedio
es casi una enfermedad.
Emilia.
Lo sé.
Luis.
Mira, Emilia; antes
era envidiable la paz
y la ventura que hacían
un cielo de nuestro hogar,
y hoy... no me explico la causa
de cambio tan radical.
Antes vivías alegre,
y hoy... sabe Dios cómo estás:
vamos... me tratas de un modo
oco... constitucional.
¿Qué te pasa?
Emilia.
(Rápidamente.) Atiende, Luis:
te debo manifestar
que en casos como el presente,
las mujeres nunca van
á buscar en sus maridos
el remedio de su mal.
(Ap.) Chúpate esa.
Luis.
La respuesta
es algo particular.
¿Conque buscan otros médicos?
Explícate.
Emilia.
No sé mas.
Luis.
Quiero saberlo.
Emilia.
¿No has dicho
- 41 -
que en tu pecho no hay lugar
para los celos?...
Luis. Lo dije,
y lo afirmo, y es verdad.
Emilia. Entonces...
LUIS. (Apoyándose en el respaldo de la silla de Emilia.
Es que dos clases
de virtud tan sólo hay;
una la inspiran los ángeles,
otra el mismo Satanás.
Una es espejo clarísimo,
de cuyo limpio cristal
ni un pensamiento liviano
,se atreve el brillo á empañar,
y resplandece, y se funde
en el amor conyugal.
La otra virtud es mezquina,
poco sólida, fugaz,
os lleva al bien por costumbre,
por orgullo, y nada mas.
Cuando la vida declina,
ésta no viene á cerrar
nuestros párpados, ni riega
con flores la eternidad.
Ya sé que la blanca frente
puedes con orgullo alzar;
pero á veces, hija mía,
conmigo de un modo estás,
que ignoro si tu virtud
es virtud ó vanidad;
esto es, si es virtud de ángel
ó virtud de Satanás.
He dicho.
Predicas bien,
Emilia.
Luis.
Emilia.
Luis.
Emilia.
pero lo predicas mal.
Capitulemos...
Escucha.
Una promesa falaz
de tus labios me condujo
á las gradas del altar.
Prosigue.
Aquella ternura,
/
•y -r /l C¿i 'Crt^i
12 —
aquel cariñoso afán,
y aquel inundar mi vida
¿e amor y felicidad,
lo trocaste en egoísmo
con la bendición nupcial.
Ya no te fijas en mí,
amas tu comodidad...
Si vamos á las reuniones
me dejas sola y te vas.
Mira... ¡si vieras qué enojo
siento en el pecho esfallar!...
¡Dios nos libre!... Y es el caso
que nunca falta un truhán
que anhele coger el fruto
de mi abandono social.
LUIS. (Alarmado.)
¿Mas tú?... (a p .) Ya pareció aquello.
Emilia. Antes, junto aquel sofá,
pasabas horas enteras
fijo, sin pestañear,
hecho un bobo, contemplándome,
y hoy... no te acercas jamás.
Cuando me apoyo en tu brazo
vas andando á todo andar;
sin ver si puedo seguir
tu paso descomunal,
y antes mi mano sentía
tu corazón palpitar.
Pero lo que es más horrible,
más impertinente y más...
Luis. Dilo.
Emilia. (Con reserva.) Escucha: es que ahora engorda;»
de un modo fenomenal.
Luis. Comprendo.
Emilia. Dígame usted
de parte de quién está
la razón...
Luis. (chanceándose.) Soy un perdido.
Emilia. Y no se debe extrañar
que la mujer que se encuentre
en mi caso excepcional,
vea con asombro un dia
- 43 -
por su espíritu cruzar
una imagen halagüeña,
embriagadora, falaz...
y entusiasta, que le ofrezca
lo que le falta en su hogar.
LUIS. (Alarmado.)
Di... ¿y has visto esa visión?...
EMILIA. (Mirándole fijamente.)
¿Vision?... sí...
Luis. ¿Y en dónde está?...
Emilia. Si no eres celoso... (Riendo.)
Luis. ¡Vamos!...
Hoy te has propuesto acabar
con... ¿Qué te falta?...
Emilia. (Trágicamente.) ¡Entusiasmo! . . .
¡admiración!...
Luis. Ven acá.
(Cruza un brazo por los hombros de Emilia, é i
clina la cabeza hasta casi tocar la de su mujer.)
Emilia. Quita.
Luis. Si estoy admirándote...
¡Eres sobrenatural!
Emilia. (Separándose.) Déjame.
(Se levanta y se dirige hacia su cuarto.)
Luis. Y qué más defectos
me notas?...
Emilia. En realidad
son tantos, que es imposible
llegarlos á enumerar;
pero entre tus graves faltas
la falta más capital
es la de pasar la vida
tumbado en aquel diván,
convertido en cancerbero
que me atisba sin cesar:
yo ya sé andar sola, y yo
no necesito fiscal.
Luis. ¿Quién te entiende!!
Emilia. Aquí te dejo.
Voy á vestirme.
Luis. ¿Te vas?
Emilia. Sí.
— 14 —
Lus. No te vayas... Te juro
que en balde no ha de pasar
nuestro diálogo.
Emilia. Lo siento.
He comprometido un wals
con el vizconde, y me aguarda
la marquesa.
Luis. (Pensativo.) ¡Ese truhán! !...
Te suplico...
Emilia. Hijo, no puedo...
Luis. Tú, quieres representar
la comedia titulada
República conyugal...
Emilia. Sí, y en prueba de que es cierto...
Salud y fraternidad, (váse.)
ESCENA II.
LUIS.
¡El Vizconde!... No hay temor...
Es un necio y no es creíble
que... Pero... ¿y otro?... Imposible:
ofendo á Emilia... ¡Qué horror!... (Pausa.)
¡¡Es tan grave ser marido
y pecar de confiado!!...
Vaya, Emilia se ha empeñado
en que dude, y ha creído
que torturando mi ser
la querré más; porque son
los celos un eslabón
que une el hombre y la mujer.
¡Encantadora!... Me engrío
pensando que soy el dueño...
¡Ese vizconde!...
(con confianza.) ¡Qué empeño!...
Si ella... Vamos, no me fio. (Pausa.)
¡¡Va alegre como unas pascuas,
y conmigo tal rencilla!!...
¡¡El diablo de la chiquilla!!...
Francamente, estoy en ascuas.
Incomprensible es su anhelo:
- lo —
al darme la voz de alerta,
exige que me convierta
en una especie de Ótelo...
y lo consigue, en verdad,
y á veces tanto me arguye,
que siendo buena, concluye
con nuestra felicidad. (Pausa.)
Lo digo como lo siento:
el que hace la valentía
de casarse merecía
por su arrojo un monumento. (Pausa.)
Prudencia... ¿Qué hemos de hacer
para evitar su desvío
apartando del vacío
los sueños de la mujer? (Pausa )
Entre el placer nos gastamos
vagando sin rumbo cierto,
y hartos, buscamos un puerto
en la mujer, y lo hallamos:
y cansados de vivir,
cuando el placer nos hastía,
vieno una niña, y nos fia
su amor y su porvenir,
y al realizar sus desvelos
tiembla, y la mano nos tiende,
cuando el hombre ya no entiende
el lenguaje de los cielos,
y cuando el hombre ha gastado
su amor y su juventud
ve sombras en la virtud
del ser que tiene á su lado.
La mujer es una perla,
y el que intente conservarla
no olvide que es custodiarla
más difícil que obtenerla. (Pausa.)
Pues señor, me he divertido:
desde ahora en adelante
vuelvo a' mi papel de amante,
y renuncio al de marido. (Pausa.)
Pero... sepamos ahora
si usted, que en dudas me abisma,
es por ventura la misma...
16
No señora, no señora...
Usted también ha cambiado
como este débil mortal,
y del campo conyugal
hace un país conquistado,
y son leyes sus antojos,
y al hablarla de mi amor
no baja, usted con rubor
tímidamente los ojos...
Y del risueño semblante
ha anublado el dulce brillo,
y echa usted un geniecillo
que el demonio que lo aguante. ( Pausa.)
¡Pobre Emilia!... Por fortuna
yo soy el más delincuente...
No hay temor... si es inocente...
si es buena como ninguna.
Ella mi encanto será;
y si hoy con celos me asedia,
finjamos una comedia
para atraerla... Aquí está.
(Sentándose junio á la chimenea.)
ESCENA III.
LUIS y EMILIA en traje de baile.
Emilia.
Adiós, hijo.
Luis.
Te vas?
Emilia.
Sí.
Luis.
Puedes oir un momento?
Emilia.
Habla. (Con impaciencia.)
Luis.
(Con calma.) Me gusta este asiento
más de lo que presumí.
No salgo.
Emilia.
(Tratando de irse.) Que te diviertas.
Luis.
No, si no sales tampoco.
Emilia.
Quién lo impide?
Luis.
Yo.
Emilia.
Estás loco?
Luis.
No quiero que te perviertas.
Emilia.
Eh?
— 17
Luis. Ni que vaya un galán
á regalarte el oido
mientras esté tu marido
tumbado en aquel diván.
Que estás en peligro infiero,
y de mí no has de apartarte;
estoy resuelto á guardarte,
ó soy ó no cáncer ver o.
Qué quieres!... He meditado
que en la presente ocasión
no puedo ser el ladrón,
y puedo ser el robado,
y es fácil que por mi mal
algún truhán atrevido
intente sacar partido
de tu abandono social.
No sales.
Emilia. Tu ceño adusto
me embelesa y me enamora.
Luis. Que no sales.
Emilia. Pues ahora
voy al baile con más gusto.
(Tira de la campanilla y entra un criado.)
LUIS. Sí... eh?... (Se levanta.)
Emilia, (ai criado.) Preven al cochero
que enganche.
(Sale el criado: Luis tira de la campanilla, y apa-
rece el criado nuevamente.)
Luís. Juan, esta noche
no sale de casa el coche, (váse el criado.)
(Emilia echa á correr y coge el cordón de la cam-
panilla: Luis va tras ella y hace lo mismo, impi-
diendo que llame.
Emilia. Yo lo exijo.
LUIS. (Encendiendo un cigarro.) Y yO nO quiero.
Emilia. ¡Y fuma!. ..¡Dios soberano,
qué insolencia!...
Luis. Caprichosa...
Emilia. Ve que faltas á tu esposa.
Luís. Ó soy ó no soy tirano.
Estás bajo mi dominio,
y si á mi contrario veo...
9
— 48 —
Kmilia.
(Sin atenderle.)
¡Qué monstruo!...
Luis.
Le abofeteo:
he jurado su exterminio.
Emilia.
un...
Luis.
No puedo tolerar
que otro que bien te parezca
te jure amor, y te ofrezca
lo que te falta en tu hogar.
Y... á propósito, señora,
¿quién es aquella visión
que embellece esta mansión?...
Emilia.
¿Quieres que lo diga?...
Luis.
Ahora.
Emilia.
(Cómicamente.)
Escucha...
Luis.
Por Belcebú,
habla...
Emilia.
¿No habrá sangre?
Luis.
No.
Emilia.
(Como en secreto.)
La visión que he visto yo
en esta casa, eres tú.
(Pone á su marido delante de un espejo.)
Por esta y otras razones
me voy.
Luis.
No sales.
Emilia.
Que sí:
no quiero quedarme aquí
como aquel que ve visiones.
Luis.
¿Piensas que en broma te hablo?
Emilia.
No, si no lo tomo á juego.
Luis.
¿Leyeron á usted en griego
la epístola de San Pablo?
Señora, no hay remisión;
allí consignado está
que la mujer no saldrá
sin permiso del varón,
y usted oyó su lectura
palpitando de alegría,
y usted prometió ser mia
ante una cruz y ante un cura.
— 19 —
Emilia.
(Ap.) Nada, no debo ceder.
Luis.
(Cómicamente.)
Emilia, la frente inclina
ante la santa doctrina
que emancipó á la mujer.
Emilia.
Pues ven conmigo.
Luis.
No tal.
Emilia.
Harás que mi enojo estalle.
Luis.
No has de seguir por la calle
mi paso descomunal.
(Se echa sobre el diván.)
Emilia.
(Ap.) ¡¡El divancitoü
Luis.
La gente
al mirarnos se reiría;
claro está, criticaría
mi gordura impertinente.
Y tu belleza ideal
será á los halagos sorda
de este pobre ser que engorda
de un modo fenomenal.
Emilia.
(Con ira.) ¡Vamos!...
Luis.
Devora ese tedio
corre al punto á desnudarte
y vuelve, tengo que hablarte.
Emilia.
¡¡Marido atroz!!..
Luis.
No hay remedio.
Emilia.
Esto de la raya pasa.
Luis.
Has de respetar mi ley,
que al fin y al cabo es un rey
cada marido en su casa.
Emilia .
¡¡En SU Casa!! (Fuera de sí.)
Luis.
(Con exagerada ternura.) A la verdad,
aunque matas mi reposo,
te quiero mucho.
í" mi lia.
(Remedándole.) \\MÍ esposo
tiene tina amabilidad"
Luis.
Quítate ese traje. (Imperiosamente.)
Emilia.
¿Usted
su conducta ha meditado?
Lu s.
Sí señora. (Ap.) La he dejado,
pegadita á la pared.
Emilia.
Pues no tiene su acritud
— 20
Luis.
Emilia.
Luis.
Emilia.
Luis.
Emilia.
Luis.
Emilia.
Luis.
Emilia.
Luis.
disculpa ni explicación,
ahora que la ilustración
rechaza la esclavitud,
y ya que tu enojo inmola
á la que tu encanto ha sido,
debieras haberte unido...
Sigue.
Á una negra de Angola.
¿Eres el hombre formal
que ser mi apoyo ha jurado?...
¡Y tú escribes un tratado
de ternura conyugal]...
Algo ilusorio es el título
si hemos de juzgar por esto.
Es que en esta escena he expuesto
el plan del primer capítulo.
¿Y usted conmigo se encona?...
¿y es usted el que rendido
deCia, SÍ he delinquido (Remedándole.)
juzga, condena 6 perdona? (Pausa.)
Usted se inclinó ante el yugo
de su amoroso deseo,
y usted que antes era el reo
quiere trocarse en verdugo.
(Levantándose.) Mira: entre amargos desvelos
muere mi ilusión querida;
tú has despertado en mi vida
los celos.
¡¡Malditos celos!!
El luto siempre va en pos
de los celos, son temibles;
ha de haber dias terribles
de amargura entre los dos.
(Conteniendo las lágrimas.)
Contra esa odiosa crueldad
una y mil veces protesto.
Cumple mi Orden. (Señalándole su alcoba.)
(Yéndose.) Te detesto.
(Remedándola.) Salud y fraternidad.
ESCENA IV.
LCIS, tira de la campanilla.
Pues señor, lo que es la niña
es rabiosilla de veras.
(Entra un criado.)
Vé á mi despacho: esta llave
abre el cajón de la mesa;
dentro hallarás una carta,
tráemela... ¡¡Sublime escena!!
Comprende mi amor, y abusa
la infame de tal manera...
De mí no debe quejarse,
y luice muy mal si se queja,
que maridos como yo
difícilmente se encuentran.
Cuando está de buen talante
mi mujercita, se acerca,
me hace un mimo, y cada mimo
media fortuna me cuesta.
Eso sí, yo no escaseo
mi caudal al complacerla,
y á pesar de mi gordura (Riendo.)
y de mi paso, se empeña
en asirse de mi brazo
y en ir recorriendo tiendas,
haciendo de mis bolsillos
una exposición completa.
(Preocupado.) Otras veces frunce el ceño
por la cosa más pequeña...
El que llamó niño grande
á la mujer, sabio era.
¿Qué hará?... Veamos...
(Mira por el agujero de la llave.)
¡¡Magnífico!!
¡Arroja el collar de perlas!
¡Arranca las bellas flores
que adornaban su cabeza!...
¡Está divina!... Otra vez
á sus enojos da tregua
22
y se engalana y sonríe...
¡¡Y que no es linda la pérfi . (ai público.)
Ahora levanta los brazos
y llora... ¡Actitud soberbia!...
De buena gana... Dejemos
para después las ternezas.
¿Qué murmura? (Aplica el ouio.) «Es mi marido
»un monstruo sobre la tierra...
»Yo le amansaré!... ¡Demonio!...
»No es hombre, eso es una fiera,
»un Barba-azul...» El saínete
toma aspecto de tragedia.
(Entra el criado con la carta.)
Corriente... Déjame solo, (váse el criado.)
Cuando yo fui calavera,
me dio esta cita una prójima
(Mostrando la carta.)
hace siete años... Ya es fecha.
Con ella quiero engañar
á Emilia... ¡intrincada empresa!
(Mira nuevamente por la cerradura.)
¡Se aproxima! El enemigo
avanza hacia la trinchera.
¡Valor!... ¿Qué está haciendo? ¡Un mundQ
de trajes y estuches llena!...
No hay remedio. Viene á darme
una despedida eterna.
¡Bravísimo! Convirtámonos
en dos héroes de novela.
Quiere guerras intestinas,
le hastía la paz doméstica.
Adelante... le prometo
que ha de quedar satisfecha.
Si esto no es ser buen marido,
que venga Dios y lo vea.
(Se echa en el diván.)
ESCENA V.
LUÍS y EMILIA.
Emilia. Aunque, su injusto desmán
- 23 -
rae ofenda, á usted me dirijo.
Luis. Hable usted.
Emilia. (Trágicamente.) Antes le exijo
que abandone ese diván.
Luis. ¡Si es tan cómodo!...
Emilia. Es chistosa
esa pasión indeleble:
usted rinde culto á un mueble,
y no hace caso á su esposa...
¡Qué espanto! ¡Qué insensatez!...
Pasemos ahora á otro asunto:
¿Voy al baile?... lo pregunto,
pero... por última vez.
No.
Su crueldad es notoria.
Cierto.
Todo ha concluido.
Lo celebro.
Me despido.
Aquí paz y después gloria.
Viva usted según le cuadre,
yo no estoy á su merced
como un mueble.
¿Se va usted?
Sí señor, voy con mi madre.
(Tranquilamente.)
Vaya usted con Dios, Emilia?
¿Se burla?... ¡Esto no es vivir!...
Pero es que voy á pedir
protección á mi familia.
Todo ha muerto entre los dos;
nunca cedo ante un capricho.
Muy bien hecho, y ya le he dicho
que se vaya usted con Dios.
Nuestra ventura es fugaz,
usted mata mi sosiego,
vayase usted, se lo ruego,
y déjeme usted en paz.
Emilia. ¡Qué horrible trasformacion!...
¿y es usted?...
Luis. Desde este instante
somos libres....
Luis.
Emilia,
Luis.
Emilia.
Luis.
Emilia.
Luis.
Emilia.
Luis.
Emilia.
Luis.
Emilia.
Luis.
Emilia. El tunante
quiere su emancipación.
Usted me está torturando
con esa opresión impía...
Agur...
Luis. (Alegremente.) Esto es, hija mia,
lo que estaba deseando.
Vendrán las dulces revanchas,
y los amantes deslices,
y aquellas horas felices
en que gozaba á mis anchas.
¡Vivir solo!... Este es el sueño
que en mí sin cesar se agita...
(Con marcada intención.)
Hoy acudiré á una cita,
seré de mis actos dueño...
Este es mi bello ideal,
y el bien más grande del mundo.
y el capítulo segundo
de «Ternura conyugal.»
Emilia. ¡Gran libro!...
Luis. Vendré á deshora,
y viviré alegremente,
iré á escape entre la gente
como una locomotora;
sin que ningún botarate
aceche esas perfecciones,
al ir haciendo estaciones
de uno en otro escaparate.
No oiré ese tono burlesco
que es un infierno en la casa,
y entre ventaras sin tasa
me pondré como un tudesco.
Emilia. ¿Más aún?
Luis. En el diván,
Ó en Otro Sitio mejor.... (Con intención.)
¿lo oye usted?... á mi sabor
fumaré como un sultán...
y ascendiendo en blandos giros
el humo, en nubes nevadas,
iré á recoger miradas
entusiastas y suspiros...
25 —
Emilia.
Luis.
Emilia.
Luis.
Emilia.
Luis.
Emilia.
Luis.
Emilia.
Luis.
Emilia.
Luis.
Emilia.
Luis.
Emilia.
Y no he de ser yo el culpable
si corro á salto de mata
tras la débil... y la ingrata...
¡Tan gordo!...
(con mucha caima.) ¡Y tan saludable
Pues han de oírnos los sordos.
¿Gritará usted?
Ferozmente...
no por amor.
Francamente,
sé á quién le gustan los gordos.
¡Qué aberración!
Dulce esposa,
largúese usted por favor.
¡Monstruo rollizo!...
Mejor;
así no iré á Panticosa.
En este robusto físico
un alma ardiente se esconde,
yo no soy como el vizconde,
lánguido, tétrico y tísico.
Vamos... corra usted en pos
de su amor, no soy celoso.
¡Ser degradado!...
Su esposo
es á la buena de Dios.
Si ya de nada me asusto...
corra usted... ¿qué le detiene?...
lo que es hoy usted no tiene
el más delicado gusto... (Riendo.)
Adiós para siempre...
(Abriendo la puerta.) EstOV
harto de tanta reyerta;
tiene usted franca la puerta...
Pues entonces no me voy.
¡Dejar mi casa!... ¡qué espanto!..,
el mundo entero creería
que yo la culpa tenia,
y que mí esposo era un santo;
cuando es él quien me provoca
con su carácter tremendo,
y yo la que estoy sufriendo
— 26 —
sin decir esta es mi boca.
Usted mi desdicha labra
con esos gritos malditos...
No me dé usted esos gritos...
Luis. Si no digo una palabra.
¿Ya no se va usted?
Emilia. Ya no:
Luis. ¿Qué?... ¿no le soy importuno?
Emilia. Sí.
Lias. Pues aquí sobra uno,
y ese que sobra soy yo.
EMILIA. (Deteniéndole.)
óigame usted... No es posible
que usted quiera demostrar
que su esposa da lugar
á una pasión reprensible;
puesto que la afrenta mia
por mil lenguas comentada
en ridículo trocada
sobre usted reflejaría.
Usted sabe que es un cuento,
que es una infame invención,
que no abrigo tal pasión...
Luis. Señora, yo no lo invento.
Palpitando de placer
usted me lo ha referido.
Emilia. Adiós, pérfido marido...
Luis. Adiós, inicua mujer.
(Luis deja caer en el suelo la carta que le yntregii
el criado.)
Emilia. ¿Á dónde va usted, á dónde?...
Luis. Al infierno.
Emilia. Buen lugar.
Luis. Allí irá usted á parar
con su amiguito el vizconde.
Emilia. Aguarde usted, caballero.
Luis. Señora, beso sus pies, (váse.)
(Emilia queda ponsativa, y Luis asoma la cabeza
diciendo.)
Se me olvidaba... este es
el Capítulo tercero. (Váse definitivamente.)
__ 97 —
ESCENA Vil.
Me abandona mi opresor
junto al borde del abismo...
¡Qué escándalo!... ¡qué cinismo!...
(\'a hacia la puerta.)
¡Pérfido!... ¡ingrato!... ¡traidor!...
¡Se va!.. ¡Fementidos seres!...
nos ultrajan de mil modos...
Luis es lo mismo que todos...
¡Desventuradas mujeres!!... (Pausa.)
El caso es que no me aplaco
y le hago una guerra á muerte...
¿Cuál es su flaco más fuerte?...
¡El ser gordo!... vaya un flaco!...
Luis me quiere, y le exaspero...
Pues tiene razón, y mucha.
(Mira en torno suyo.)
Ahora que nadie me escucha
soy franca... también le quiero. (Pausa.)
Pero qué necesidad
tenia yo de este ruido
si siempre su amor ha sido
toda mi felicidad. (Pausa.)
Puede el diablo recrearse:
á mi alrededor había
ventura... paz... alegría...
cuanto puede ambicionarse...
quise ver á Luis celoso
para tenerle rendido,
y con su amor lie perdido
mi ventura y mi reposo. (Pausa.)
Y él estará tan sereno
gozándose en mi dolor...
Quisiera tener valor
para lomar un veneno.
Pero si al veneno acudo
en un arrebato fiero,
y como es fácil me muero,
tengo que dejarle viudo...
Eso es lo que le conviene;
eso quiere mi marido;
no señor, no me suicido
por la cuenta que me tiene. (Pausa.)
¿En dónde existe una esposa
más triste que esta mujer?...
¿Volverá?... no lia de volver?
pues no faltaba otra cosa.
¿Y si á mi afán no responde
creyéudose amenazado?...
Pero si nunca he pensado
en semejante vizconde.
¿Y si se hace el remolón
y á ir tras sus huellas me obliga.
y me exige que le diga:
téchame la absolución,
dando al mundo un testimonio
al doblar ante él mi sien,
de que el arcángel también
se prosterna ante el demonio?...»
¡Vamos!... Tendría que ver
que yo, con pesar profundo,
fuese... Por nada del mundo
doy yo mi brazo á torcer.
Seria un caso irrisorio
decir quien no le ha ofendido:
(Suplicante hasta la exageración.)
«Heme á tus plantas, marido;
no hagas el don Juan Tenorio.»
Y de él no puedo quejarme
porque no hay seres perfectos,
y Luis, entre sus defectos,
nunca tuvo el de engañarme. (Pausa.)
(Recoge la carta que Luis ha dejado caer en el
suelo.)
¿Qué es esto?... ¡¡Una carta!!... Á ver...
(Lee.) «No faltes...» ¡Es una cita!...
*Luis mió...» ¡Infamia inaudita!...
«Te amo.» (Fuera de sí.) ¡Letra de mujer!...
«Vefl } (Lee con voz entrecortada.)
y no burles mi afán;
- 29 —
le aguardaré en el teatro...
Que no faltes... Te idolatro...» (Deja de leer.)
Este hombre es un sultán.
(Lee nuevamente.)
«La vida es un mar que surco
con tu imagen en el pecho...
Hoy es la fuga...» (Estrujando la carta.)
Esto es hecho:
estoy unirla al Gran Turco. (Pausa.)
Mi pensamiento delira;
estoy mil dudas forjando...
si creo que estoy soñando...
si me parece mentira...
¡Oh!... sí!... Nos oirán los sordos...
¿Quién firma la carta?... (Leyendo.) Inés.
¡Desventurada!... Esta es
á quien le gustan los gordos. (Pausa.)
¡Espantosa situación!...
Yo tan feliz, tan mimada,
voy á vivir condenada
á eterna separación...
(Miranda hacia la puerta.)
¡No vuelve!... Debe estar harto
de sufrirme, lo comprendo, (pausa.)
¡Ya caigo!... Está discurriendo
sobre el capítulo cuarto.
ESCENA ULTIMA.
EMILIA y LUIS.
Emilia. (Ap.) ¡El monstruo!...
Luis. (Ap.) Esto no va mal.
Emilia. Lo que es ante él no me postro:
¡cómo le delata el rostro!...
¡¡qué aspecto tan criminal!!!
LUIS. (Con afectada timidez.)
¡¡Emilia!!...
(Mira en torno intranquilamente.)
Emilia. (a p .) ¡Viene turbado!
Luís. (Registrándose los bolsillos.)
¿Dónde está? ... (a p .) Tragó el anzuelo.
— 30 —
EMILIA. (irónicamente.)
¿Qué busca usted por el suelo?...
Luis. Un trozo de aquel tratado.
Emilia. ¿Alguna página bella
digna de esculpirse en bronces...
Luis. Habla de amor.
Emilia. Pues entonces
pregúntele á Inés por ella.
LUIS. (Fingiendo asombro.)
¡Eh!.. ¿cómo?...
Emilia. Mal me contengo.
LUIS. (Tímidamente.) Ignoro...
Emilia. La cosa es clara:
¿y está usted con esa cara?...
Luís. Señora, con la que tengo.
Emilia. (Furiosa.) Ya be diebo que me incomodo
apenas me dan un grito:
no grite usted, que me irrito...
Luis. (Con caima.) Si usted se irrita por todo.
Emilia. ¿Y viene usted tan ufano
obrando como un perdido?...
Lea usted el contenido...
(Mostrándole la carta.)
LüIS. ¡Jesús! (Retrocediendo.)
Emilia. (Pausa.) Esto no es cristiano.
(Emilia mira fija y amenazadoramente á su marido.)
Y... ¿á qué hora tendrá lugar
la fuga? esposo funesto...
Hable usted.
Luis. ¿Pero hay en esto
algo de particular?
Emilia. ¡Qué desvergüenza!...
Luis. También
deja usted de ser un templo.
Emilia. Si usted siguiera mi ejemplo
seria un hombre de bien.
Luis. ¿Y... el baile?
Emilia. Ya he renunciado,
veo que usted se extravia,
y no quiero que algún dia
me culpe de su pecado.
LUIS. (Trata de abrazarla.)
— 51 —
¡Encantadora mitad!...
Emilia. Apártese de mí,
libertino... aun vive aquí
(Señalándose el pecho.)
íntegra mi dignidad.
Luis, estoy horrorizada;
la carta que usted dejó
se interpone entre usté y yo.
LüIS. (Con ternura.)
Tiene la fecha atrasada.
¡Tontuela!... ¡si te idolatro! ..
Pon término á tus enojos...
Ven... fija tus bellos ojos...
(Le muestra la fecha.)
EMILIA. (Respirando anchamente.)
Abril del sesenta y cuatro.
Luis. ¿Lo ves?
Emilia. (Alegremente.) La vida me has vuelto.
Luis. Y en mí renace la calma.
Emilia. Me pareces una palma
por lo delgado y lo esbelto.
(Entusiasmada.)
Luciremos nuestros trapos
zanjando resentimientos,
y saldremos tan contentos,
y tan gordos, y tan guapos.
Luís. Cese ya con mi zozobra
tu inexplicable desvío.
Emilia. ¿Me quieres mucho?
LUIS. (La besa la mano.) Bien mÍO,
este es el fin de mi obra.
Emilia. El principio era fatal,
pero el fin la santifica;
no escribas mas, y practica
la «Ternura conyugal.»
Luis. Ya vas aceptando el título.
Emilia. Sí, Luis, ya no le rechazo.
Luis. Emilia, dame un abrazo.
Emilia. (Abrazándole.) Mi bien...
Luis. . Último capítulo.
F[[S'.
ADiYilINlSTlíACLlhN LllilCÜ-DiiAMTlCA,
[Adición al mismo catálogo.)
TÍTULOS.
Prop. que
Ate. Goriesponie
TÍTULOS,
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Actos, conesponde
10 se guisa un conejo. . .
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a mochuelo á su olivo. . .
noche todos los gatos son
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re Pinto y Valdcmoro. . .
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cruz de beneficencia
bat Matcr
iorita, el general.
secreto entro mujeres... .
unfo de la esperanza,,. . .
conceller y el monarca...
Bcltraneja
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Pacifico ó el Dómine irre—
olutO. (Zarzuela.)
aire de una mujer
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r de Aragón
Correspondencia de Espa-
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Teatro en 1876!!
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71-1872, revista
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